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Autor: Xosé Gabriel Vázquez. Doctor en Sociología, Psicólogo Social, Profesor Universitario y Ensayista Miembro del Mapa de Expertos y del Curso de “Conciencia y Liderazgo Social” de la Fundación Icloby.   Nuestra especie suele recurrir a las conocidas como “obras faraónicas” para significar y demostrar sus logros y grandeza, como reflejan las pinturas y petroglifos rupestres, megalitos, pirámides, coliseos, catedrales, rascacielos y demás expresiones de nuestra cultura. Además, a escala individual esos logros suelen venir representados por el poder, la fama y la riqueza, desde imperios como el de Genghis Khan a emporios como el de Amancio Ortega. Tomando todas estas referencias en conjunto y diacrónicamente, a lo largo de nuestra Historia, puede que nada ni nadie exprese mejor el culmen de esta cultura como en el caso de Amazon y Jeff Bezos. Basado en comprar cualquier cosa en un clic, se puede decir que es el primer negocio global, a escala mundial; un megamercado como nunca se había visto ni conseguido, ni cuando los fenicios o los mercaderes de Venecia, ni en la Ruta de la Seda ni con los bazares chinos esparcidos por todas partes. Solamente hace falta recordar algunas cifras, como los casi 400 mil millones (cerca del medio billón) de dólares de ingresos netos en 2020, año en que Bezos se convirtió en la primera persona en la historia en tener más de 200 mil millones de dólares, según Forbes, llegando a ganar alrededor de 124.000 euros por minuto o 2.000 euros por segundo, según cálculos de Business Insider. En cambio, lo que puede implicar el fenómeno Amazon puede resultar minúsculo comparado con lo que viene haciendo desde hace tiempo inmemorial Master Naturaleza en ámbitos y tareas parecidas, como es en este caso articular la relación entre productores y consumidores. Resulta que el mundo vegetal, concretamente el relativo a la corteza terrestre, procede, como en el caso del reino animal, de los océanos. Las algas que empezaron a colonizar la superficie de nuestro planeta, y que dieron lugar a las primeras plantas, se reproducían eminentemente por esporas, las cuales tenían que dispersarse por el aire, lo que suponía producir un gran número de ellas para intentar así conseguir un medio adecuado para desarrollarse y originar una nueva planta, por lo que la inmensa mayoría de esa producción se desperdiciaba. Ese gran gasto, esfuerzo y sacrificio había que corregirlo y mejorar el sistema, siendo esa la explicación científica de por qué hay flores, ya que su razón de ser y cometido han sido precisamente los de atraer a los insectos, pájaros y demás operarios para que sean los que transporten con mucha mayor eficacia esas esporas y demás elementos necesarios para la reproducción de las plantas. Con lo cual, casi se podría decir que este ha sido el mayor y más ingente servicio de mensajería que jamás haya existido o hayamos conocido; y está operativo, según los últimos cálculos realizados en la Universidad de Zürich (Suiza), desde hace unos 250 millones de años. De este “sistema floral” dependen no solo las propias plantas, sino sus frutos, los animales que viven y se sustentan de las mismas, los humanos que dependemos de todo ello y demás aspectos del ciclo conocido de la vida (como el oxígeno que emiten y el dióxido de carbono que absorben las plantas). Por lo que difícilmente podemos igualar este beneficio; sin olvidar su dimensión global, muchísimo antes de que este ámbito de actuación apareciese siquiera en nuestro pensamiento. Solo la estimación del valor económico mundial del servicio que supone la polinización a través de las flores es de unos 200 mil millones de euros al año, que si los multiplicamos por los millones de años que llevan operando, nos podemos marear con las cifras que supone esta creación natural en nuestro código mercantilista. Sin estimaciones sino con datos reales, solo la floricultura mueve en el mundo más de 10 mil millones de euros al año; a lo que habría que sumar otras muchas aportaciones de este tipo, desde la madera a los perfumes, pasando por la farmacopea o los alimentos que consumimos; todo ello dependiente de este prodigio natural. Pero mientras estamos dispuestos a emplear sumas astronómicas para adquirir un cuadro como “Los Girasoles”, de Vincent van Gogh, apenas hacemos nada ante las numerosas extinciones de especies, tanto de animales y plantas, que nosotros mismos estamos provocando. Una supervaloración de lo nuestro y minusvaloración de lo natural que se puede comprobar fácilmente con una encuesta en la que se elija entre el servicio de mensajería de Amazon y el de las flores, ¿en cuáles acciones estaríamos dispuestos a invertir preferentemente?
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