En la editorial del mes pasado hablábamos del acompañamiento ante la muerte de un hijo o un ser querido y decíamos que esas personas que han pasado por un duelo descubren que el amor crece y se expande dando, y algunas veces encuentra nuevos lugares donde expresarse: ayudando a otras familias, acompañando a quien empieza ahora el mismo camino, creando proyectos, compartiendo experiencias o, simplemente, estando al lado de otra persona que sufre. También profundizando en su mundo interior.
Quizás esta sea una de las formas más profundas de crecimiento humano: conseguir que el amor sea más grande que nuestra propia pérdida.
Nosotros solo podemos acompañarlos en ese camino. Escuchar. Estar presentes. Dar nuestro testimonio. Respetar sus tiempos y sus silencios. Y recordarles, cuando sea necesario, que no tienen por qué recorrerlo solos.
Pero nuestra labor de acompañamiento alcanza también otra realidad profundamente transformadora: acompañar a las personas que han vivido una experiencia cercana a la muerte (ECM).
Quien regresa de una experiencia así, puede hacerlo con una percepción diferente de la vida, de la muerte y de sí mismo. Sin embargo, no siempre encuentra un entorno preparado para escuchar lo que ha vivido. Algunas personas guardan silencio durante años por miedo a no ser comprendidas.
Por eso estamos profundamente orgullosos de acompañarlas también. De ofrecer espacios donde puedan hablar sin ser juzgadas y donde puedan integrar una experiencia que, en muchos casos, ha cambiado radicalmente su manera de entender la existencia.
Y hoy podemos compartir también con orgullo que este proyecto está presente ya en 20 hospitales.
Decirlo no pretende ser un ejercicio de arrogancia. Todo lo contrario. Es, ante todo, un motivo de gratitud.
Gratitud hacia cada uno de los profesionales que está haciendo posible este camino. Psicólogos, médicos, investigadores, terapeutas y colaboradores que, desde diferentes disciplinas, están construyendo poco a poco una red humana y profesional comprometida con el acompañamiento y con el estudio de uno de los grandes misterios que todavía tenemos ante nosotros: la conciencia.
La ciencia avanza porque alguien se atreve a hacerse preguntas. Preguntas que en ocasiones no encuentran respuestas inmediatas, pero que abren caminos para quienes vendrán después.
Por eso, cuando miro la red de profesionales que estamos uniendo, siento sobre todo agradecimiento y esperanza para un mundo mejor.
Espero que los equipos crezcan y nos trasciendan. Que continúen investigando cuando nosotros ya no estemos. Que sigan formulando nuevas preguntas y aportando conocimiento, rigor y conciencia desde la ciencia.
Porque quizá el verdadero legado no sea únicamente aquello que consigamos hacer hoy, sino los lazos profesionales y personales que continuarán el camino mañana.
A todos los profesionales que acompañáis a quienes atraviesan el duelo, a quienes escucháis las experiencias cercanas a la muerte, a quienes investigáis y os atrevéis a hacer preguntas difíciles: gracias.
Víctor Hugo siguió llevando flores a Léopoldine.
Quizás nosotros, cada uno a nuestra manera, también podamos seguir llevando flores.
Flores que algunas veces toman la forma de una escucha, de una investigación, de una mano tendida o simplemente de estar presentes cuando alguien atraviesa la oscuridad.
Porque no podemos evitar todas las pérdidas ni borrar el dolor. Pero sí podemos hacer que nadie tenga que atravesar la oscuridad completamente solo.
Y quizá, cuando acompañamos a alguien a encontrar de nuevo un poco de luz, también nosotros aprendemos a verla.
Xavier Melo PhD
Director Fundador
Fundación Icloby

