En 2018, una orca conocida como Tahlequah perdió a su cría poco después de nacer. Durante 17 días permaneció junto a ella y transportó su cuerpo por las aguas del Pacífico. Recorrió una enorme distancia antes de dejarla finalmente ir.
No es un comportamiento aislado. En distintas especies de cetáceos se han observado madres que permanecen junto a sus crías muertas, intentan mantenerlas en la superficie y continúan transportándolas en su lomo. También se han descrito conductas de proximidad y acompañamiento por parte de los miembros de la comunidad.
La ciencia no sabe qué piensa una orca ante la muerte ni podemos afirmar que comprenda la pérdida de la misma manera que un ser humano.
Pero hay algo difícil de ignorar: ante la pérdida, permanece el vínculo. Y alrededor de quien ha perdido, permanece la comunidad. Le acompaña en todo el proceso. Hasta el punto, que cuando el bebé resbala y se hunde, miembros de la comunidad lo recogen y lo vuelven a posar sobre el lomo de la madre. Es un comportamiento enternecedor. Sólo se acaba cuando la madre voluntariamente deja caer al bebé fallecido.
Pensaba en esta imagen mientras preparábamos uno de nuestros últimos encuentros en directo en “Somos Alma”, dedicado al acompañamiento y al duelo de las personas afectadas por el terremoto de Colombia.
Porque un terremoto puede durar apenas unos segundos, pero esos segundos pueden dividir una vida para siempre entre un antes y un después. Después llegan inevitablemente las cifras: muertos, desaparecidos, heridos, viviendas destruidas. Son necesarias para comprender la dimensión de una tragedia, pero tienen también el peligro de ocultar lo esencial.
Detrás de cada número hay un nombre. Y detrás de cada nombre, una historia, a menudo trágica.
Una madre, un hijo, una pareja, un amigo. Alguien que aquella mañana tenía planes para el día siguiente y alguien que ahora tendrá que aprender a vivir con su ausencia.
El duelo después de una gran catástrofe presenta además una característica especialmente dura: las pérdidas pueden acumularse.
Una persona puede haber perdido a alguien que ama y, al mismo tiempo, su casa, su trabajo, su barrio, sus objetos personales y buena parte de los lugares que contenían sus recuerdos. Incluso puede perder algo que normalmente no sabemos que poseemos hasta que desaparece: la sensación de que el mundo es un lugar seguro. Especialmente delicado este aspecto en los niños.
Pero durante la conversación apareció una cuestión que me hizo reflexionar especialmente: ¿Qué sucede cuando quien lo ha perdido casi todo todavía es capaz de ayudar a otro?, ¿Por qué ocurre?
Después de terremotos, inundaciones, guerras y otras grandes tragedias encontramos personas que acaban de perder familiares y, sin embargo, ayudan a buscar a los familiares de otros. Personas que han perdido su casa y comparten lo poco que conservan.
Un doliente tiene derecho a estar triste, enfadado, perdido o simplemente a no encontrar ningún sentido a lo sucedido.
Pero hay personas que, en medio de esa oscuridad, descubren algo sorprendente: aunque hayan perdido muchísimo, todavía conservan algo que pueden ofrecer y eso los lleva a tener un propósito y una vida plena.
Es entonces cuando aparece una pregunta que quiero compartir: ¿Puede el amor que ya no podemos entregar físicamente a la persona que hemos perdido encontrar una nueva expresión en el cuidado de los demás?
Creo que sí. No solo ayuda a mitigar el sufrimiento, la ausencia, no porque hayamos «superado» a quien murió, sino porque el amor permanece y necesita encontrar una nueva forma de expresarse.
Esta reflexión conecta profundamente con una de las acciones sociales que estamos desarrollando desde nuestra Fundación.
Voluntarios, estudiantes, profesores y profesionales estamos ofreciendo acompañamiento a personas que atraviesan procesos de pérdida y duelo tras el terremoto de Colombia.
Muchas veces lo hacen a través de una pantalla y a miles de kilómetros de distancia. Podríamos preguntarnos cuánto puede hacerse desde tan lejos. Mucho más de lo que parece.
No podemos reconstruir una casa desde una videollamada. No podemos borrar una experiencia traumática. Y, evidentemente, no podemos devolver físicamente a la persona que ha muerto.
Pero podemos hacer algo que los seres humanos necesitamos desde hace miles de años.
Podemos estar presentes. Escuchar sin juzgar. Permitir llorar sin apresurarnos a detener las lágrimas. Escuchar una historia, aunque ya haya sido contada muchas veces. Compartir un silencio sin sentir inmediatamente la necesidad de llenarlo de palabras. Y, sobre todo, transmitir a otra persona algo muy sencillo: durante este momento, no estás solo.
Por eso quiero reconocer especialmente el compromiso de nuestros voluntarios, estudiantes, profesores y profesionales.
Ellos hacen posible que la Fundación pueda llegar hasta personas a las que físicamente quizá nunca conoceremos.
Hay además un momento del duelo en el que las preguntas dejan de ser solamente psicológicas o médicas. ¿Por qué ha ocurrido esto?, ¿Por qué él y no yo? ¿Cómo voy a continuar? ¿Dónde está ahora la persona que amo? ¿Qué hago con todo lo que todavía siento por ella? ¿Tiene algún sentido lo que estoy viviendo?
Entramos entonces en el territorio del acompañamiento espiritual. Y espiritual no significa necesariamente dogmático o religioso. No se trata de convencer a nadie de nuestras creencias ni de proporcionar respuestas preparadas para preguntas que probablemente no tengamos. Se trata de acompañar también la búsqueda de significado, la esperanza, la relación con aquello que consideramos trascendente y las preguntas fundamentales que aparecen cuando nuestras certezas se derrumban.
Quizá acompañar espiritualmente consista, muchas veces, en algo mucho más humilde que ofrecer respuestas, crear un espacio donde las preguntas puedan existir, y poco a poco, relacionarnos de una manera diferente con ese vínculo.
Regresemos por un instante a nuestra madre orca.
No sabemos qué pensaba mientras transportaba a su cría fallecida. No sabemos qué significado tenía para ella aquella pérdida. Pero sí sabemos que durante un tiempo permaneció junto a ella. Y sabemos que los cetáceos son animales profundamente sociales, capaces de establecer relaciones complejas dentro de sus comunidades.
Quizá esa imagen nos recuerde algo extraordinariamente sencillo que nuestra sociedad, obsesionada tantas veces con solucionar rápidamente cualquier problema, corre el riesgo de olvidar: hay dolores que no podemos solucionar. Ante ellos solamente podemos acompañar, ayudar y asistir espiritualmente.
Y algunas veces ocurre algo extraordinario: la persona que ayer necesitaba ser sostenida descubre un día que también puede sostener a otra. No porque haya olvidado. Quizá precisamente porque recuerda que una parte del amor que parecía haberse quedado sin destinatario vuelve a ponerse en movimiento como parte que somos de un todo transcendente. Porque no podemos transformar aquello que nos ha ocurrido, pero sí podemos decidir qué hacemos con el amor que permanece y vivir plenamente.
Xavier Melo PhD
Director Fundador
Fundación Icloby

